LOS CÍRCULOS CONCÉNTRICOS: ANILLOS EXTERIORES
Y ANILLOS INTERIORES
LA SUPERFICIE DEL PODER MUNDIAL
LA COMISIÓN TRILATERAL
Tras año y medio de intensos tanteos y reuniones
preparatorias auspiciadas por el Chase Manhattan Bank, en julio de 1973
hacía su presentación oficial la Comisión Trilateral,
un organismo de carácter privado que su más destacado ideólogo,
Zbigniew Brzezinski, iba a definir como "el conjunto de potencias financieras
e intelectuales mayor que el mundo haya conocido nunca".
Después de varias reuniones del Comité
Ejecutivo, en las que se estableció una declaración de principios
y se trazaron las líneas maestras de la organización, en
mayo de 1975 tuvo lugar en la localidad japonesa de Kyoto la primera sesión
plenaria de la Trilateral. Los delegados asistentes a la misma representaban
en su conjunto alrededor del 65% de las firmas bancarias, comerciales e
industriales más poderosas del planeta. Figuraban entre ellos los
máximos dirigentes de las bancas Rothschild y Lehmann, del Chase
Manhattan Bank, de las multinacionales Unilever, Shell, Exon, Fiat, Caterpillar,
Coca Cola, Saint-Gobain, Gibbs, Hewlett-Packard, Cummins, Bechtel, Mitsubishi,
Sumitono, Sony, Nippon Steel, etc., así como los mandatarios de
varias Compañías públicas nacionalizadas de proyección
multinacional. En definitiva, los mayores productores mundiales de petróleo,
de acero, de automóviles y de radiotelevisión, y los principales
grupos financieros del planeta estaban en manos de miembros activos de
la recién creada Comisión Trilateral. Con el transcurso del
tiempo y las sucesivas incorporaciones, la concentración de grandes
firmas en el seno de la Comisión iría a más. Los dos
temas que constituyeron el objeto central de aquel encuentro no podían
llevar títulos más expresivos: "La distribución global
del Poder" y "Perspectivas y asuntos claves de la Comisión Trilateral".
El organigrama de la Comisión se articula atendiendo
a las tres regiones hiperdesarrolladas del globo para las que fue concebida,
esto es, América del Norte (EEUU y Canadá), Europa y Japón..Cada
una de estas tres zonas dispone de un Comité Ejecutivo que, entre
otras cosas, se encarga de elaborar la relación de empresarios,
políticos, sindicalistas, académicos y dirigentes de medios
de comunicación considerados idóneos para su incorporación
a la entidad; todos ellos constituyen la base sobre la que se levanta la
estructura piramidal de la Comisión. El órgano supremo trilateralista
es el Comité Directivo Mundial, presidido por David Rockefeller
e integrado por los presidentes, los diputados presidentes y los directores
de cada una de las tres grandes zonas en que está implantada la
organización. Dado que la extensa nómina de miembros de la
Comisión Trilateral ya fue expuesta en un trabajo precedente, no
parece oportuno reproducirla nuevamente. Aquí bastará con
significar que entre sus integrantes se encuentran indistintamente individuos
adscritos tanto a la derecha como a la izquierda política, por emplear
una terminología que, si bien carece de significado en lo esencial
de los planteamientos de unos y otros y en la práctica de los hechos,
resulta de uso obligado en el terreno de lo convencional.
Tampoco estará de más referirse a las inclinaciones
pseudoesotéricas manifestadas por los promotores de esta organización,
inclinaciones que han incorporado a la simbología de la misma. En
efecto, el emblema de la Comisión consiste en un círculo
periférico dividido en tres trazos de los que parten otras tantas
flechas que convergen en un círculo interior. Se pretende con ello
reflejar el clásico arcano de la Unidad que se despliega en el dos
y en el tres, y a la que, a su vez, se llega por medio de éstos;
simbología que, en este caso, no es más que una siniestra
parodia tras la que nada se encuentra que no sea el culto al demiurgo inspirador
de la religión "humanista" del poder y del dinero, que es el culto
que se oficia en los aerópagos del Nuevo Orden Mundial.
En cuanto a los objetivos de la Comisión, éstos
se componen de una amalgama de enunciados teóricos y de planteamientos
prácticos sin ninguna relación entre sí. Se trata,
pues, de separar la retórica de la realidad, cosa que tampoco reviste
excesiva dificultad.
Entre los primeros figuran los consabidos estereotipos
característicos de la demagogia oficial. La declaración trilateralista
enunciada en el World Affairs Council de Filadelfia (24-10-1975) ofrece
una buena muestra de lo dicho: "Todos los pueblos forman parte de una comunidad
mundial, dependiendo de un conjunto de recursos. Están unidos por
los lazos de una sola humanidad y se encuentran asociados en la aventura
común del planeta tierra....La remodelación de la economía
mundial exige nuevas formas de cooperación internacional para la
gestión de los recursos mundiales en beneficio tanto de los países
desarrollados como de los que están en vías de desarrollo"
Efectivamente, desde que fuera creada la Comisión
Trilateral, y después de veinte años de "distribución"
de los recursos mundiales, éstos son acaparados en más de
un 80% por los países pertenecientes a la órbita de la Comisión,
países que apenas representan en su conjunto el 10% de la población
mundial.
Prescindiendo de las declamaciones altisonantes y de
los efectismos hipócritas, lo cierto es que uno de los objetivos
para los que fue creada la Comisión se basa justamente en lo contrario,
esto es, en consolidar la hegemonía del bloque desarrollado sobre
los países del Tercer Mundo y en impedir que éstos puedan
obstaculizar el futuro de ese predominio. De ahí que una de las
primeras propuestas del ideólogo trilateralista Z. Brzezinski, consistiese
en "el establecimientos de un sistema internacional que no pueda verse
afectado por los "chantajes" del Tercer Mundo". En ese mismo sentido se
manifestaría durante la cumbre de Kyoto de 1975, donde señaló
explícitamente que "el eje esencial de los conflictos ya no se sitúa
entre el mundo occidental y el mundo comunista, sino entre los países
desarrollados y los que aún no lo están", una declaración
que reflejaba adicionalmente la doctrina desarrollada por la Comisión
Trilateral en sus relaciones con el bloque marxista.
En efecto, las reuniones plenarias de la Trilateral contaron
desde el principio con la asistencia de una delegación soviética,
habida cuenta que los analistas de la Comisión estimaban que, en
su conjunto, la situación reinante en la URSS no suponía
el menor impedimento para una mutua comprensión. Muy al contrario,
los expertos trilateralistas calificaron como "óptimo" para los
objetivos de la Comisión "el gran conjunto económico soviético,
donde se afirma la concentración de fuertes unidades de producción
que, aunque todavía nacionales, operan con fundamentos y capacidad
de acción multinacional".
Ignorando, pues, la situación interna de la Unión
Soviética y sus violaciones sistemáticas de los cacareados
derechos humanos, ya que lo contrario, según Brzezinski, no haría
sino obstaculizar una futura y más estrecha colaboración,
y bajo el eslógan "el comercio es la paz", los diversos trusts económicos
integrados en la Trilateral mantuvieron un lucrativo negocio con la extinta
URSS y sus satélites, procurándoles todo tipo de equipamientos
industriales, sistemas electrónicos, productos petroquímicos,
cereales, etc. La magnitud de esas operaciones crediticias y comerciales
implicaba, como consecuencia adicional, una dependencia casi absoluta del
régimen soviético respecto del área de implantación
de la Comisión Trilateral , sumamente interesada, a su vez, en no
malograr con humanitarismos extemporáneos tan importante mercado.
Por otro lado, la situación hacía perfectamente tolerable
el enfrentamiento indirecto entre ambos bloques y sus guerras en el Tercer
Mundo, siempre y cuando se mantuviesen en un nivel que no perturbara los
intereses de las grandes potencias en el plano internacional. Una confrontación,
por lo demás, que nunca fue más allá de las habituales
pugnas limítrofes entre ambos bandos en sus respectivas zonas de
influencia, y que resultaba necesaria, además, para dar salida a
sus excedentes armamentísticos y para justificar su industria militar.
Pero el caballo de batalla de la Comisión Trilateral,
y aquí ya entramos de lleno en sus motivaciones esenciales, es la
interdependencia, un concepto que, en la práctica, no es sino el
elemento básico en torno al cual se articula la tesis y el propósito
fundamental de la organización, a saber, el Gobierno Mundial.
La idea según la cual los Estados nacionales deben
renunciar a su soberanía en aras de un proyecto supranacional, controlado
e instrumentalizado, naturalmente, por los cónclaves plutocrático-tecnocráticos,
aparecía ya esbozada en un comunicado emitido por el Comité
Directivo de la Trilateral a raíz de la cumbre de 1975: "La comisión
Trilateral espera que, como feliz resultado de la Conferencia, todos los
gobiernos participantes pondrán las necesidades de interdependencia
por encima de los mezquinos intereses nacionales o regionales". Posteriormente,
las manifestaciones en ese mismo sentido, pero expresadas ya de forma más
explícita, se han venido sucediendo como algo habitual. A título
de muestra, bastará con citar algunas de ellas.
Así, en una entrevista publicada por el New York
Times (1-8-76), el inefable Brzezinski afirmaba que "en nuestros días,
el Estado-Nación ha dejado de jugar su papel". En términos
parecidos se expresaba el financiero Edmond de Rothschild en la revista
Enterprise. "La estructura que debe desaparecer es la nación". Otro
destacado trilateralista, R Gardner, significaba en el Foreign Affairs
(revista del Consejo de Relaciones Exteriores) "los diversos fracasos internacionalistas
acaecidos desde 1945, a pesar de los esfuerzos por evitarlos llevados a
cabo por las distintas instituciones de reclutamiento mundial", proponiendo
como refuerzo alternativo a esa situación "la creación de
instituciones adaptadas a cada asunto y de reclutamiento muy seleccionado,
al objeto de tratar caso por caso los problemas específicos y corroer
así, trozo a trozo, las soberanías nacionales". Declaraciones
similares a las citadas, pero más contundentes aún, ya fueron
reproducidas al principio del este capítulo, por lo que bastará
con remitirse a ellas.
Todos estos planteamientos, que conforman el eje de la
actuación de la Trilateral, constituyeron el leiv motiv de su nacimiento,
justificado en razón de la necesidad de que los problemas de Norteamérica,
Europa y Japón se resolviesen en común a través de
su interdependencia económica y tecnológica. Planteamientos
que, como será fácil advertir, son los mismos que han inspirado
el alumbramiento de otros foros de ámbito multinacional (Fondo Monetario
Internacional, GATT, Maastricht, etc.) dominados por los poderes económicos
y gestionados por sus peones político-burocráticos. El principio
básico, que es el mismo en todos los casos, sería perfectamente
enunciado por David Rockefeller con estas palabras: "De lo que se trata
es de sustituir la autodeterminación nacional que se ha practicado
durante siglos en el pasado por la soberanía de una élite
de técnicos y de financieros mundiales".
Para conocer el exacto significado de esa interdependencia,
perfectamente claro por otra parte, basta con prescindir de la retórica
practicada por dichos foros supranacionales y acudir a las conclusiones
que adoptan en sus cumbres periódicas. La Conferencia de Davos de
1971 ofrece una buena muestra al respecto: "En los próximos treinta
años, alrededor de trescientas multinacionales geocéntricas
regularán a nivel mundial el mercado de los productos de consumo,
y no subsistirán más que algunas pequeñas firmas para
abastecer mercados marginales. El objetivo deberá alcanzarse en
dos etapas: primeramente, diversas firmas y entidades bancarias se reagruparán
en el marco multinacional; después, hacia finales de la década,
esas multinacionales se acoplarán al objeto de controlar, cada una
en su especialidad, el mercado mundial". Si nos situamos en la más
inmediata actualidad, la última reunión de Davos tenía
lugar entre el 26 y el 31 de enero de 1995, con la asistencia de los dirigentes
de las más poderosas Multinacionales del planeta y de un nutrido
elenco de tecnócratas y líderes políticos. En el curso
de dicho encuentro, uno de los principales animadores del Foro Económico
Mundial, el trilateralista y ex-ministro francés Raimond Barre,
se dirigió a los asistentes lamentando el hecho de que, pese al
indudable avance experimentado en los últimos años por el
proceso de globalización de la economía mundial, éste
no progrese al ritmo adecuado, añadiendo como colofón que
"tal vez sea necesaria la experiencia de un crack económico para
que queden definidas las nuevas reglas de juego".
A la vista de todo esto, no resulta complicado conocer
las claves de esa "benéfica" interdependencia. Traducida a la práctica,
y a medida que avanza el proceso de cesión de las soberanías
nacionales a los organismos supranacionales, no significa otra cosa que
la sumisión progresiva a las directrices de estos últimos,
o lo que es lo mismo, a los dictados de la Alta Finanza. La globalización
de la economía bajo la férula del Gran Capital supone igualmente
la garantía más eficaz para que ningún país
se salga del redil, so pena de verse abocado a una debacle económica.
Todo lo cual no impide que las tesis mundialistas vayan acompañadas
de la vitola del progresismo (aunque gozan del beneplácito general,
nadie las propaga con más ahínco que los medios de izquierdas),
ni que cualquier tentativa por desenmascarar su trasfondo totalitario sea
tachada de reaccionaria.
En el ámbito europeo, la instancia oficial que
mejor encarna todo lo apuntado es el Tratado de Maastricht. Tratado que
no es producto de la improvisación sino que obedece a los designios
trazados desde tiempo atrás por los núcleos oligárquicos
de poder. Con arreglo a tales directrices, esbozadas públicamente
en más de una ocasión (ver El País de 19-11-89) por
el ex-presidente de la Unión Europea, Jacques Delors, el territorio
europeo habrá de ajustarse a un modelo supranacional basado en la
delegación progresiva de las soberanías estatales a través
de acuerdos comunitarios cada vez más estrechos; un modelo en cuyo
núcleo se situaría una red de empresas multinacionales conectadas
entre sí a nivel mundial. Otro de los elementos tácticos
de ese diseño ha sido el fomento de las aspiraciones regionalistas,
algo que en no pocos casos constituye un factor más de desestabilización
y debilitamiento de las estructuras estatales, y que no responde sino al
viejo aforismo del "divide y vencerás". No se necesitan grandes
dosis de perspicacia para constatar que los fenómenos independentistas
debilitan la estructura de los Estados europeos donde se manifiestan, lo
que redunda en beneficio de las superestructuras de alcance multinacional.
Si, a título de ejemplo, nos detenemos en el caso
español, tampoco resultará difícil reparar en la actitud
de los nacionalismos más recalcitrantes (vasco y catalán),
cuyos líderes políticos se muestran tan contrariados por
la falacia del yugo españolista como entusiastas del dogal europeísta.
Y no deja de ser significativo que los mismos sujetos que abominan del
pretendido centralismo de Madrid sean fervientes partidarios del centralismo
plutocrático-tecnocrático consagrado por los acuerdos de
Maastricht.
Por lo demás, ese mecanismo soterrado de disolución
tampoco ha sido ajeno al desencadenamiento del conflicto yugoslavo, en
cuyos inicios jugaría un papel crucial el reconocimiento de las
repúblicas secesionistas por parte de varias cancillerías
occidentales.
Por lo que se refiere al ámbito político,
las intervenciones directas en el mismo por parte de la Comisión
Trilateral comenzaron a producirse al poco de su creación, al punto
que ya en 1977, con motivo de las elecciones que llevaron a Jimmy Carter
a la presidencia de los Estados Unidos, salió a la luz una de sus
muestras más flagrantes. En efecto, una vez constituida la Administración
Carter pudo comprobarse que, además del presidente, varios de los
altos cargos del nuevo gobierno estaban vinculados a la Comisión.
Figuraban entre ellos Walter Mondale, vicepresidente del gabinete, Cyrus
Vance, titular de la secretaría de Estado, Harold Brown, secretario
de Defensa, y Zbigniew Brzezinski, en la jefatura del Consejo Nacional
de Seguridad.
El rotativo francés Le Monde Diplomatique se haría
eco de esa situación, describiéndola en los siguientes términos:
"La candidatura del Sr.Carter ha estado preparada desde lejos y sostenida
hasta la victoria por un grupo de hombres que representan el más
alto nivel del poder. Figuran entre ellos los presidentes del Chase Manhattan
Bank, del Bank of America, de Coca Cola, Caterpillar, Bendix, Lehman Brothers,
Hewlett-Packard, CBS, etc. Estos hombres, junto con varios tecnócratas,
algunos sindicalistas y unos cuantos políticos constituyen la rama
americana de la Comisión Trilateral".
Simultáneamente, un destacado dirigente trilateralista,
George Franklin, se pronunciaba sobre el particular con estas palabras.
"En el caso Carter creo que hemos jugado un papel considerable; él,
por su parte, merece la confianza de la Comisión por su educación
en política extranjera".
Más rotundas serían aún las observaciones
vertidas en la revista Penthouse por el analista Graig Harpel, quien escribió:
" La presidencia de los Estados Unidos y los ministerios clave del gobierno
federal han sido acaparados por una organización privada consagrada
a lograr la subordinación de los intereses intrínsecos de
los Estados Unidos a los de los bancos y empresas multinacionales. El dominio
de los intereses privados sobre el poder público es el mayor escándalo
político de la historia de América. El asunto Watergate fue
un robo con fractura cometido durante la noche por un tal Martínez
en las oficinas del comité nacional demócrata. El Cartergate,
en cambio, es la irrupción de David Rockefeller en el despacho oval
en plena luz del día. Sería inexacto decir que la Comisión
Trilateral manda en la Administración Carter. La Trilateral es la
Administración Carter".
Con todo, tales comentarios no ofrecían sino una
visión incompleta, diríase incluso que intencionadamente
equívoca, de la realidad, toda vez que la intervención de
los círculos plutocráticos en la política norteamericana
no era nada nuevo, sino algo que se venía produciendo con mucha
anterioridad desde instancias bastante más discretas y poderosas
que la Comisión Trilateral, que en último extremo no representa
sino la parte visible del iceberg. Todo lo cual tiene su explicación
si se considera que los medios citados, pese a sus denuncias ocasionales
y siempre calculadas, son devotos partidarios del modelo establecido, cuya
validez global no cuestionan, aunque puedan manifestar sus discrepancias
con ciertas anomalías. Anomalías que los medios pseudocríticos
imputan en todo caso a determinadas conductas aisladas, pero nunca al Sistema
en su conjunto, que está diseñado precisamente para que esas
"anomalías" sean la norma.
Entre las actividades internas de la Comisión
Trilateral merece citarse la elaboración de informes redactados
por equipos de expertos de la organización, y a través de
los cuales se analizan los asuntos más relevantes del mundo actual,
siempre enfocados desde la perspectiva de los intereses trilateralistas.
Dado su número (hasta el momento más de 40), sería
imposible ocuparse aquí, siquiera brevemente, de todos ellos. Pero
hay uno sobre el que merece la pena detenerse. Se trata del informe nº
8, de 211 páginas de extensión, que lleva por título
"La Crisis de la Democracia". Este trabajo, elaborado por los trilateralistas
Michel Crozier, sociólogo, Samel Huntington, profesor de Harvard
e ideólogo del plan de devastación de las aldeas vietnamitas,
y Joji Watanuki, profesor de sociología en la Universidad Sophia
de Tokyo, contiene análisis y recomendaciones tan sugestivas como
éstas:
"En el curso de los últimos años el funcionamiento
de la democracia parece haber provocado un desmoronamiento de los medios
clásicos de control social, una desligitimación de la autoridad
política y una sobrecarga de exigencias a los gobiernos.....De igual
modo que existen unos límites potencialmente deseables de crecimiento
económico, también hay unos límites deseables de extensión
democrática. Y una extensión indefinida de la democracia
no es deseable.....Un desafío importante ha sido lanzado por ciertos
intelectuales y por grupos próximos a ellos, que afirman su disgusto
por la corrupción, el materialismo y la ineficacia del sistema,
al mismo tiempo que ponen de manifiesto la subordinación de los
gobiernos democráticos al capitalismo monopolístico. Los
contestatarios que manifiestan su desagrado ante la sumisión de
los gobiernos democráticos al capitalismo monopolístico constituyen
hoy un serio peligro. Se hace preciso reservar al gobierno el derecho y
la posibilidad de retener toda información en su fuente".
Tampoco nada de esto representaba ninguna novedad, habida
cuenta que los análisis vertidos en ese informe se ajustaban rigurosamente
al esquema de la pseudodemocracia oligárquica implantado por las
revoluciones burguesas y perfeccionado después por las "democracias
populares" marxistas.
Ese fue el concepto que compartieron también los
padres fundadores de la República norteamericana, como tendremos
ocasión de ver más adelante, y el mismo que ha inspirado
las actividades de diversas sociedades clandestinas, entre las que figuraría
la logia Propaganda-Dos, una entidad íntimamente vinculada a la
Trilateral, según se desprende de un informe elaborado en 1984 por
una Comisión del Parlamento italiano. Informe que, asimismo, identificó
a la Trilateral como una emanación de la masonería internacional.
Cabe recordar que, entre las actividades de dicha logia, célebre
después por sus prácticas delictivas, figura la creación
(en comandita con la CIA y la francmasonería americana) de la sociedad
secreta Gladio, constituida para "velar" por el correcto funcionamiento
de las "democracias" occidentales e integrada por altos mandos de la OTAN.
En consonancia con todo lo apuntado, el propio Gran Maestre de la logia
Propaganda-Dos, Licio Gelli (antiguo SS y ex-agente del KGB y de la CIA),
se declaró en varias ocasiones un férvido "demócrata"
y, como tal, firme partidario de "una democracia limitada y dirigida oligárquicamente
para así poder gobernar con eficacia y sin contratiempos".
Dicho esto, bueno será dedicar ahora unas palabras
a los dos principales estrategas e ideólogos de la Comisión
Trilateral, Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger, cuyos valiosos servicios
a la misma son merecedores de alguna atención.
Zbigniew Brzezinski, modelo de tecnócratas, nació
el año 1928 en Varsovia, ciudad desde su familia se trasladó
a Canadá a raíz de la implantación en territorio polaco
del régimen comunista. Poco antes de afincarse en los Estados Unidos,
Zbigniew contrajo matrimonio con una sobrina del que fuera Presidente de
la República Checoslovaca y gran maestre de la masonería
de aquel país, Eduard Benes, un personaje cuya entrada triunfal
en Praga al término de la 2ª Guerra Mundial constituye un episodio
digno de mención: con motivo del recibimiento dispensado por sus
acólitos a tan ilustre filántropo el 13 de mayo de 1945,
centenares de alemanes, adultos y niños, ardieron a modo de antorchas
humanas, rociados de gasolina y colgados boca abajo de los árboles
de la Avenida de San Wenceslao.
Una vez instalado en los Estados Unidos, Z.Brzezinski
se matriculó en Harvard, donde obtuvo el doctorado en Ciencias Políticas
con una tesis sobre las purgas estalinistas. Fue en los inicios de los
años cincuenta, con la nacionalidad norteamericana ya conseguida,
cuando Brzezinski comenzó a destacar en los círculos académicos
y políticos estadounidenses por sus trabajos sobre los regímenes
marxistas, no tardando en labrarse una gran reputación como experto
en asuntos soviéticos. Esto posibilitaría su salto definitivo
a las altas esferas del Poder a comienzos de la década de los setenta.
En diciembre de 1971, Zbigniew organizó un seminario
para el estudio de los problemas comunes a las tres grandes zonas desarrolladas
del planeta. Aquel foro, convocado para becarios de la Brookings Institution,
reputado feudo de la izquierda liberal norteamericana, suscitó la
atención de David Rockefeller, quien a la vista de las especiales
aptitudes del tecnócrata polaco se apresuró a reclutarlo
para su causa. De tal modo que, cuando en julio de 1972 tuvo lugar en Pocantico
Hills (residencia familiar de los Rockefeller) el encuentro tripartito
en el que se ultimó la creación de la Comisión Trilateral,
Z.Brzezinski se hallaba ya entre los miembros de la delegación americana
destacada en dicha reunión, al lado del propio David Rockefeller,
George Franklin, Fred Bergsten y George Bundy. Como colofón, en
el otoño de ese mismo año fueron designados los tres presidentes
territoriales de la recién nacida Trilateral, recayendo en Brzezinski
el nombramiento de Director Coordinador. Poco después pasó
a desempeñar la dirección de la sección norteamericana
de dicha entidad, cargo en el que permanecería hasta su designación
por Jimmy Carter para la presidencia del Consejo Nacional de Seguridad.
En su calidad de iniciado en las altas esferas del Poder,
Z.Brzezinski es colaborador habitual de las publicaciones oficiales editadas
por diversas organizaciones de corte mundialista: Trialogue (órgano
de la comisión Trilateral), Foreign Affairs (revista del Consejo
de Relaciones Exteriores), International Affairs y The World Today (publicaciones
del Real Instituto de Asuntos Internacionales, homólogo británico
del CFR), etc.
Prescindiendo de sus colaboraciones puntuales en los
citados medios de expresión, el grueso de la doctrina de Brzezinski
puede encontrarse en "La Era Tecnotrónica" y en "Entre dos Eras:
el papel de América en la Era Tecnotrónica", dos obras a
través de las cuales el tecnócrata polaco expone sus análisis
y "previsiones" de futuro.
El núcleo de las tesis sustentadas en dichas obras
gira en torno a unos cuantos conceptos básicos. Algunos estaban
concebidos para el período de la guerra fría, como es el
que preconizaba la necesidad de avanzar hacia un sistema mundial que se
extendiese a la zona donde el poder permanecía en manos de gobiernos
marxistas. Para alcanzar ese objetivo, Brzezinski abogó repetidamente
por la comprensión y la transigencia con los regímenes comunistas
en todo lo relativo a la violación de los derechos humanos, ya que
de lo contrario se pondría en peligro la colaboración entre
ambos bloques ( es decir, los pingües negocios de las multinacionales)
y la futura integración de la URSS en el Nuevo Orden Mundial. Nótese
que ésta es la línea de actuación que sigue practicándose
hoy con la China Continental, un mercado demasiado apetecible como para
supeditarlo a los hipócritas cacareos humanitaristas característicos
de la retórica oficial.
Entre los planteamientos básicos de las susodichas
obras figura igualmente la supresión progresiva de las soberanías
nacionales, que en aras de un nuevo orden de "paz y progreso" deberán
ser transferidas a instituciones supranacionales dirigidas por una "élite"
científica y financiera mundial. Brzezinski preconiza asimismo "el
ocaso de las ideologías y de las creencias religiosas tradicionales,
pues sólo los elementos suministrados por la tecnología y
la electrónica podrán permitir a las sociedades humanas avanzar
hacia el bienestar y el progreso", los dos grandes pilares de la Era Tecnotrónica.
Otra de las más significativas "previsiones" de
futuro del tecnotrónico Brzezinski reza textualmente así:
"La Era tecnotrónica va diseñando paulatinamente una sociedad
cada vez más controlada. Esa sociedad será dominada por una
élite de personas que no dudarán en realizar sus objetivos
mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento
del pueblo y controlarán con todo detalle a la sociedad, hasta el
punto que llegará a ser posible ejercer una vigilancia casi permanente
sobre cada uno de los ciudadanos del planeta".
Y no hay duda de que los "pronósticos" que hiciera
Brzezinski son una realidad cada día más consolidada gracias
al desarrollo progresivo de las técnicas de control social desarrollados
por los modernos regímenes policíacos de "derecho". A este
respecto conviene destacar el papel crucial desempeñado por el terrorismo,
cuyas acciones le han servido al Sistema de inmejorable pretexto para ampliar
y reforzar sus mecanismos de dominio.
En todo este asunto no puede pasarse por alto la labor
desarrollada por la socialdemocracia alemana, a la que muy bien podría
considerarse como pionera en el desarrollo del proceso en curso. Fue precisamente
bajo uno de sus períodos de gobierno cuando Alemania se convirtió
en una especie de campo de pruebas para el ensayo y puesta en práctica
de los más sofisticados métodos de control social, métodos
que posteriormente se irían extendiendo a todo el ámbito
occidental de la mano de los foros de reflexión patrocinados por
la fundación Ebert, una poderosa herramienta del socialismo germano
dotada de proyección internacional. La razón esgrimida para
el desarrollo de dichos métodos fueron las andanzas de la banda
Baader-Meinhoff, un grupúsculo subversivo que nunca contó
con más de doce miembros y que carecía de la menor implantación
social, circunstancias que explican su escasa consistencia y el tratamiento
expeditivo que les fue aplicado a sus integrantes (varios de ellos se "suicidaron"
en prisión). Una vez zanjado aquel insignificante escollo, Klaus
Croissant, el abogado sobre quien recayera en su día la defensa
de los miembros de la banda, explicaría la situación con
estas palabras: "La socialdemocracia alemana garantiza la existencia de
la sociedad capitalista y camufla sus contradicciones; la socialdemocracia
alemana juega un papel de suma importancia en el escenario internacional,
y a través de ella se coordina e integra la represión en
toda Europa".
El repertorio de los mecanismos de control social que
se han ido implantando es amplio, y comprende, desde la adopción
de disposiciones legales que introducen una suerte de estado de excepción
permanente, hasta el uso de técnicas diversas. Entre estas últimas
figuran los documentos de identificación provistos de una banda
magnética donde consta una completa ficha de su titular, las cámaras
de vídeo instaladas ya en la vía pública de numerosas
urbes, y las grandes computadoras centralizadas donde se archivan los datos
personales de toda la población. Aunque tales técnicas podrían
hasta calificarse de rudimentarias si se comparan con otras más
sofisticadas que sólo están a la espera de la oportuna razón
"democrática" que aconseje su implantación. Así, la
compañía estadounidense Nielsen Media Research, en colaboración
con el Centro de Investigación David Sarnoff (organismo controlado
por el CFR y la Pilgrims Society), ha desarrollado desde hace tiempo un
dispositivo que, una vez instalado en el televisor, permite observar e
identificar desde una estación de seguimiento a los espectadores
sentados frente a la pequeña pantalla. No menos digno de mención
es el necio alborozo con el que los medios occidentales celebraron durante
la Guerra del Golfo el hecho de que los satélites norteamericanos
filmasen y transmitiesen con detalle todo lo que ocurría en cada
palmo del territorio iraquí.; un "adelanto" técnico que,
conociendo la catadura de quienes lo manejan, sólo puede constituir
motivo de alegría para los desalmados y los imbéciles.
Las iniciativas en pro de la seguridad "democrática"
desarrolladas por la socialdemocracia alemana no tardaron en hacerse extensivas
a otros países europeos, entre los que España no iba a ser
una excepción. En nuestro país, esa gran computadora central
mencionada líneas atrás está ubicada en El Escorial
, y su planificación contó con el asesoramiento de un grupo
de expertos del Departamento Informativo de la policía federal alemana.
El banco de datos de dicho ordenador dispone de doscientas terminales distribuidas
por toda la geografía española, y el personal que lo atiende
está integrado en su totalidad por funcionarios policiales. Todos
y cada uno de los ciudadanos españoles tienen allí su correspondiente
ficha magnética, en la que figura un amplio historial elaborado
a partir de la información suministrada por múltiples fuentes
fragmentarias; un historial compuesto por innumerables datos, muchos de
ellos ya olvidados e incluso desconocidos por los propios afectados.
A la vista de la concatenación sistemática
que se lleva a cabo desde las altas instancias políticas, utilizando
la lucha antiterrorista como medio para la adopción de medidas excepcionales
de aplicación global y discrecional, nada tiene de sorprendente
el hecho de que detrás de no pocas acciones terroristas haya algo
más que un atajo de violentos y de oligofrénicos, dos especímenes,
por lo demás, nada difíciles de reclutar y menos aún
de manipular. Después, sus matanzas indiscriminadas las sufrirá
la población y las rentabilizará el Poder.
Acerca de las turbias tramas que se mueven en el submundo
del terrorismo, existen trabajos rigurosos y harto ilustrativos de los
sórdidos manejos y de los intereses supuestamente antagónicos
que aparecen entrecruzados en algunas de ellas. Un asunto, éste,
que volverá a suscitarse más adelante, aunque no estará
de más citar ahora una muestra bien conocida. Durante la década
de los ochenta operó en Italia, Francia y Portugal un grupo terrorista
que reivindicaba sus acciones bajo el nombre de La Llamada de Jesucristo
(nótese el nombrecito que se le puso al engendro), y cuyos atentados
se dirigieron siempre contra intereses norteamericanos y judíos
en los países citados. Tanto los medios policiales como los informativos
señalaron al régimen libio del coronel Gadafi (ogro de moda
por entonces) como el instigador y patrocinador de dicho grupo, que en
realidad no era sino un dispositivo organizado por los servicios secretos
españoles y franceses, e integrado en su mayoría por confidentes
policiales.
Por lo que se refiere al otro gran estratega de la Trilateral,
Abraham ben Elazar, más conocido como Henry Kissinger, nació
el año 1923 en la localidad alemana de Fürth (Baviera), desde
donde emigró en 1939, junto con su familia, a los Estados Unidos,
país cuya nacionalidad adoptaría en 1943. En 1947 obtuvo
una beca del Fondo Rockefeller merced a la cual cursó estudios y
se graduó en Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard,
reputado centro fabiano del Establishment en el que posteriormente desempeñaría
varios cargos docentes y directivos.
Su participación en la vida pública estadounidense
comenzó a principios de los años sesenta, desempeñando
desde entonces e ininterrumpidamente a lo largo del mandato de cuatro presidentes
norteamericanos diversos cometidos políticos de alto nivel. Fue
asesor de la Oficina de Coordinación Gubernamental, del Consejo
Nacional de Seguridad, de la Agencia de Control de Armamento y del Departamento
de Estado, todo ello durante las Administraciones Kennedy y Johnson, hasta
que en 1969 Richard Nixon le nombró su consejero personal, empleo
que simultaneó con la presidencia del Consejo Nacional de Seguridad.
Cuatro años después fue designado por Nixon Secretario de
Estado, cargo en el que sería ratificado por el siguiente inquilino
de la Casa Blanca, Gerald Ford.
Pese a la enorme relevancia de sus cometidos políticos,
éstos no constituyeron más que una parte de la dilatada trayectoria
de nuestro protagonista, cuyos episodios más enjundiosos habría
que buscarlos en otros ámbitos.
Experto, como Brzezinski, en política internacional
y en asuntos soviéticos, el profesor Kissinger no tardó en
concitar el interés del Consejo de Relaciones Exteriores, que ya
en 1955 le encomendó la dirección de una investigación
para el análisis de las posibles respuestas a la amenaza soviética.
Este poderoso club, a cuya presidencia accedería Kissinger años
después, fue una de sus catapultas políticas. La Fundación
Rockefeller Brothers habría de ser la otra. En efecto, la dirección
del Programa Especial de Estudios de dicha entidad, que le fuera confiada
en 1956, no constituyó más que el primer episodio de una
estrecha e ininterrumpida colaboración entre Henry Kissinger y el
clan Rockefeller. Desde finales de los años cincuenta, el profesor
Kissinger se convirtió en el principal asesor de las campañas
políticas de Nelson Rockefeller, puesto que ocuparía hasta
el momento mismo en que ambos se incorporaron a la Administración
Ford, el primero como Secretario de Estado y el segundo en calidad de Vicepresidente
de los Estados Unidos. Paralelamente a todo ello discurrieron las actividades
compartidas por Kissinger y David Rockefeller en el seno del Consejo de
Relaciones Exteriores, colaboración que se estrecharía todavía
más cuando el plutócrata fichó al tecnócrata
para la Comisión Trilateral.
No será necesario exponer las tesis de Henry Kissinger
en materia de política internacional y en asuntos soviéticos,
toda vez que, en lo esencial, son las mismas que ya viéramos al
hablar de Brzezinski. Lo que sí es digno de reseñarse son
las actividades que desarrolló nuestro protagonista en aplicación
de tales planteamientos, así como las controversias que suscitó
como consecuencia de todo ello. Y no solamente fue la curiosa política
de distensión aplicada por Kissinger lo que provocó la perplejidad
de los más diversos círculos políticos, sino también
los nombramientos que efectuara desde su puesto como secretario personal
de Nixon y, posteriormente, desde la jefatura del Consejo Nacional de Seguridad
y la dirección del Departamento de Estado. Nombramientos entre los
que figuraron varios personajes conocidos por su filiación pro-marxista,
como sería el caso de Helmuth Sonnenfeld, James Sutterlin, Boris
Closson, William Hall y Arnold Wiesner.
La perplejidad de los primeros momentos acabó
dando paso a la sospecha abierta, que terminaría concretándose
en una serie de informes, tanto privados como oficiales, que iban a desvelar
con pruebas contundentes el origen de tan extraños hechos.
El primero de ellos fue elaborado por Frank Capell, experto
en cuestiones de espionaje y analista de varias revistas políticas
estadounidenses, una de las cuales, The Herald of Freedom, lo publicó
íntegramente en octubre de 1971. Dicho informe fue posteriormente
leído en el Congreso por el diputado John Rarick, y recogido en
el tomo 117 de los Informes Oficiales de Sesiones Congressional Records
de 28-10-71. Con arreglo al mismo, las relaciones de Henry Kissinger con
varios de sus colaboradores y subordinados en el Consejo Nacional de Seguridad
y en el Departamento de Estado se remontaban al período 1943-1946,durante
el cual Kissinger permaneció en Alemania como integrante de las
fuerzas de ocupación norteamericanas, que le nombraron, pese a su
escasa graduación militar (sargento), administrador de la ciudad
de Bensheim. Fue en ese período cuando Kissinger entró en
contacto con sus correligionarios Helmuth Sonnenfeld, Gunter Guillaume,
agente de los servicios secretos de la Alemania del Este y más tarde
secretario de Willy Brandt, y Egon Bahr, colaborador de la inteligencia
soviética y futuro artífice de la Ostpolitik. Todos ellos
se integrarían en una célula de espionaje en favor de la
URSS, en la que el sargento Kissinger operaba bajo el seudónimo
de Bor.
Tales imputaciones, que la Administración norteamericana
se limitó a negar sin más, fueron posteriormente confirmadas
por dos ex-oficiales del KGB, Golitsin y Goleniewski, así como por
un completo dossier elaborado por un equipo de agentes de la CIA, en el
que se revelaban todos los lazos existentes entre Kissinger y la Inteligencia
soviética. El contenido de dicho dossier, archivado en su día
por Stansfield Turner, director de la Agencia norteamericana y miembro
del Consejo de Relaciones Exteriores, ha visto la luz recientemente gracias
a un trabajo publicado por tres expertos en asuntos de espionaje, William
Corson y los esposos John y Susan Trenton ("Four american Spies, the wives
they deft behind and the KGB's crippling of American Intelligence").
Este tipo de hechos, que tampoco suponían ninguna
novedad, eran habitualmente interpretados por la ultraderecha conservadora,
siempre tan perspicaz, como parte de un plan dirigido a colocar a Occidente
bajo las garras del Imperio Soviético, cuando lo que realmente significaban
es que se estaba operando la deseada simbiosis entre el capitalismo expansivo
y los estereotipos humanistas propios de la demagogia marxista, para dar
paso así al capitalismo multinacional y progresista vigente en la
actualidad.
Por lo demás, el contenido de los informes mencionados
no empañó en lo más mínimo la carrera política
de Henry Kissinger, que sólo se vio momentáneamente truncada
cuando la Suprema Corte Rabínica de Estados Unidos decretó
en 1976 su excomunión, a raíz de las maniobras desplegadas
por el entonces Secretario de Estado para maquillar las conquistas de Israel
durante la Guerra del Yon Kippur. Un conflicto a cuyo desencadenamiento
"preventivo" no fue ajeno el propio Kissinger, y que reportó a las
arcas de sus patrocinadores, los Rockefeller, y a las multinacionales petrolíferas
en general, enormes beneficios.
Con todo, el ostracismo de Kissinger, aunque severo mientras
pesó sobre él la excomunión, se iba a prolongar durante
poco tiempo, ya que la Corte Rabínica no tardaría en rehabilitarle
en atención a las nuevas contribuciones del penado a la causa sionista.
La doctrina sugerida por Kissinger, consistente en la fragmentación
del Líbano en varios compartimentos político-confesionales
como la mejor fórmula para garantizar la seguridad de Israel, se
resumiría en su célebre sentencia: "Si queréis la
paz en Oriente Medio, entregad el Líbano a Siria".
Desde que abandonara la política activa, al menos
de forma oficial, la actividad de Kissinger se ha desplegado a través
de sus continuos desplazamientos de un extremo a otro del planeta, como
comisionado y embajador de proyectos e intereses equivalentes a los que
ya representó en su época anterior. Tal actividad no se reduce
al terreno de lo político, aunque frecuentemente ejerza labores
de emisario especial de la Administración norteamericana, sino que,
de acuerdo con su posición en la Comisión Trilateral, se
desarrolla fundamentalmente en el ámbito económico, que es
el esencial y el que determina el curso de todos los demás. Ése
es el terreno en el que se desenvuelve actualmente Henry Kissinger, a quien
la Alta Finanza suele encomendar diversos asuntos relacionados con la deuda
pública, asuntos que el eficiente tecnócrata solventa sin
estridencias públicas y con pingües beneficios para sus arcas
a través de su compañía de consultores Kissinger Associates,
cuyos clientes son, lógicamente, los Estados deudores y las Multinacionales
acreedoras.
Como será fácil suponer, el plantel de
los asociados de dicha compañía está compuesto por
elementos bien introducidos en las altas esferas financieras y políticas.
Figuran entre ellos Lawrence Eagleburger (ex-subsecretario de Estado y
director del LBS Bank), Brent Scowcroft (ex-asesor presidencial de Seguridad
y director del National Bank de Washington), lord Carrington (ex-secretario
general de la OTAN y directivo del Barclays Bank y del Hambros Bank), lord
Eric Roll (director del Banco de Inglaterra), Per Gyllemhammer (directivo
de Volvo y del Banco Sueco de Crédito Naval; miembro de la junta
de asesores del Chase Manhattan Bank), Saburo Okita (ex-ministro de Asuntos
Exteriores, miembro del Club de Roma y de la Comisión Trilateral),
William Simon (ex-secretario de Hacienda y directivo de la firma bancaria
Salomon Brothers), y sir Y.Kahn (directivo del grupo financiero S.G. Warburg
y de la China International Finance Company).
Quienes estén interesados en solicitar los servicios
de Kissinger Associates deben saber que la tarifa anual por el solo hecho
de figurar en su cartera de clientes ronda los treinta millones de pesetas.
En la órbita de la Comisión Trilateral
e íntimamente vinculada a la misma, compartiendo programas y proyectos,
se desenvuelven una serie de entidades entre los que sobresalen dos: el
Instituto Aspen y el Club de Roma.
El Instituto Aspen de Estudios Humanísticos fue
fundado en 1949 por iniciativa de varios miembros del Real Instituto de
Asuntos Internacionales británico y de su equivalente norteamericano,
el omnipresente Consejo de Relaciones Exteriores. El objetivo de este organismo
se centra en llevar a cabo un vasto análisis de los elementos que
han configurado el curso de las sociedades humanas, para poder así,
una vez conocidos éstos y sometidos al oportuno control, planificar
el venturoso futuro de la humanidad. Y todo ello, claro está, bajo
la inspiración de los consabidos estereotipos "humanistas", cuya
verdadera significación no se le escapará a ningún
observador medianamente imparcial de la moderna sociedad occidental.
A tal efecto, el benemérito Instituto no sólo
explora el pensamiento de los grandes maestros y pensadores del pasado,
sino que también promueve foros de reflexión en los que reúne
a los grandes maestros tecnocráticos del presente: ejecutivos de
empresas multinacionales, políticos, académicos, científicos,
líderes sindicales, etc. El propósito fundamental de dichas
reuniones, en las que oligarcas y pseudocontestatarios de izquierdas confraternizan
y hacen causa común, se centra en lograr que aquellas posiciones
que en principio pudieran ser divergentes confluyan finalmente en un punto
básico de entendimiento común, cosa, por lo demás,
nada difícil de conseguir entre individuos que, en lo esencial,
comparten una misma mentalidad.
Por derroteros similares se desenvuelve el Club de Roma,
nacido en abril de 1968 a instancias de Aurelio Peccei, miembro destacado
del Bilderberg Group, del comité directivo de la empresa FIAT y
del consejo de administración del Chase Manhattan Bank; el perfil
característico, como se podrá comprobar, del filántropo
benefactor.
Desde que fuera creado, este organismo se ha distinguido
por sus informes apocalípticos sobre el crecimiento demográfico,
informes elaborados en la línea del más puro fabianismo malthusiano
y en los que se aboga por un drástico control de la natalidad, en
estrecha conexión con las campañas proabortistas promovidas
por las Fundaciones Ford y Rockefeller. Lo malo es que los artificiosos
planteamientos y los errores de bulto del programa elaborado por el Club
en "Los Límites al Crecimiento", han sido contundentemente refutados
por varios especialistas (Alfred Sauvy entre ellos) ajenos a los abrevaderos
oficiales. Después, varios de esos errores de bulto han sido reconocidos
por el propio Club de Roma, aduciendo que tan solo se trataba de elementos
de provocación.
En 1981 el Club de Roma auspició la creación
de un organismo apéndice cuyo cometido sería proyectar "una
nueva humanidad". Tras varios días de debates en la Universidad
Gregoriana de Roma, un feudo de la Orden jesuita propuesto por ésta
como marco del encuentro, nació el Forum Humanum, cuyo principal
patrocinador económico ha venido siendo desde sus inicios la multinacional
FIAT.
Entre los postulados ideológicos sostenidos por
el Club de Roma para alumbrar esa "nueva sociedad" figura, cómo
no, la necesidad de implantar un Gobierno supranacional. En ese sentido
se han manifestado reiteradamente sus más destacados dirigentes,
desde el ya fallecido Aurelio Peccei, quien en su momento significó
que "uno de los mayores obstáculos para el progreso de la humanidad
es el concepto de la soberanía de cada nación", hasta su
discípulo y sucesor en la jefatura del Club, Alexander King, según
el cual "la sociedad mundial requiere una única dirección,
un gran capitán que guíe la tierra hacia un destino común".
Ni el Gran Hermano de la pesadilla orwelliana se habría expresado
mejor.
Entre los miembros más relevantes del Club figuran
individuos como Daniel Jensen (Trilateral, Bilderberg), Sol Linowitz (Trilateral,
CFR), Edgar Pisani (Instituto Aspen, Bilderberg), Jimmy Carter (Trilateral,
CFR) y Kurt Rothschild. Por lo que se refiere a sus socios españoles
cabe citar dentro de los más conocidos a José Luis Cerón,
Carlos Robles Piquer, Federico Mayor Zaragoza, Joaquín Ruiz Jiménez
Cortés, Fernando Morán, Javier Solana y Mercedes Sala.
Otra de las lumbreras de este distinguido aerópago
es el ideólogo marxista Adam Schaff, cuyos vínculos con diversos
foros plutocrático-oligárquicos le hacen acreedor a una mención
especial. Las razones de su pertenencia al Club de Roma las ha expuesto
él mismo con afirmaciones como éstas: "Me gusta tratar con
los capitalistas del Club de Roma; son los únicos que se atreven
a hablar abiertamente del futuro de la humanidad; son tan poderosos que
no tienen nada que temer".
Al igual que ocurre con otras entidades afines de carácter
mundialista, la Comisión Trilateral cuenta con una serie de émulos
surgidos en diversos países a modo de prolongación o réplica
a escala regional del modelo trilateralista. Uno de tales organismos, con
sede en Francia, ya fue citado por el rotativo L'Humanité en 1977,
aunque hubo que esperar hasta 1991 para que la indiscreción de una
colaboradora del mismo permitiera conocer su relación de integrantes.
El grupo en cuestión se denomina Le Siècle, y en su seno
confraternizan y hacen proyectos de futuro la oligarquía plutocrática
y la vanguardia "proletaria".
En la nómina de esta conmovedora hermandad aparecen
personajes como (la relación no es exhaustiva) Jean Louis Beffa,
director de la multinacional Saint-Gobain, J.H.David, presidente de la
Banca Stern, Guy Delorme, director de la Banca Monod, Vincent Bollard,
presidente de la Compañía Financiera Privada, Raimond Lévy,
director de Renault, Chistian Maurin, director de la Banca Sofinco, Jacques
Mayoux, vicepresidente de la Banca Goldman Sachs Europa, André Wormser,
presidente de Sovac, filial de la Banca Lazard. Por parte "obrera" cabe
significar la presencia, entre otros, de Jacques Attali, ex-consejero de
Mitterrand, Maurice Faure, ex-ministro radical socialista, Pierre Joxe,
ministro en los gobiernos socialistas Rocard, Cresson y Bérégovoy,
Jacques Julliard, director de redacción del diario socialista Le
Nouvel Observateur, Anicet le Pors, ex-senador comunista y ministro del
gobierno Mauroy, Roger G. Schwartzemberg, diputado radical de izquierda,
Gilles Menage, ex-director del gabinete presidencial de Mitterrand y por
último, para que no falte de nada, René Remond, director
de la Revista Histórica y destacado representante del llamado "cristianismo"
de izquierdas.