Jacques Chonchol, profesor emérito de La Sorbonne, París
Existe hoy un concepto que se está convirtiendo
en un verdadero mito y frente al cual no parece caber otra actitud que
la de la aceptación total de su lógica inexorable: nos referimos
al de la "globalización" o mundialización.
Se nos afirma con la fuerza de una verdad revelada que
nuestro mundo se globaliza rápidamente, que no se puede ser moderno
sin aceptar todas las consecuencias de la globalización, que ella
hace imperioso lograr la máxima productividad de las empresas y
de las economías exigiendo extender las reglas del mercado a todos
los planos de la sociedad hasta los límites del universo.
Frente a estas afirmaciones que se nos imponen como una
aplanadora y ante las cuales no parece caber otra actitud que la aceptación
total de su verdad si no se quiere aparecer como retrógrado, conservador
o atrasado, conviene profundizar el análisis del fenómeno
de la "globalización".
Como lo ha señalado muy bien un conjunto destacado
de intelectuales críticos reunidos en el "Grupo de Lisboa" que están
reflexionando sobre un nuevo contrato económico, ecológico
y social para nuestro planeta (1), el "mundo global" es el resultado de
una profunda reorganización reciente de la economía y de
la sociedad que busca abarcar a la vez los países capitalistas desarrollados,
los países ex-comunistas y los países llamados "en desarrollo".
Pretende ser una nueva configuración que caracteriza la actual geo-economía
de nuestro planeta.
Esta transformación en curso y aún incompleta
trata de redefinir el papel central que han desempeñado hasta una
fecha reciente los Estados-Naciones, los capitalismos nacionales, la riqueza
de los países, la modernización industrial y los contratos
nacionales de bienestar social. La globalización o mundialización
es un proceso complejo que va mas allá de la internacionalización
y de multinacionalización y que se está desarrollando con
diversos grados de intensidad en distintos planos de las economías
y de las sociedades.
Un primer plano es el financiero Es sobre todo en este
sector donde la globalización ha avanzado con mayor velocidad a
nivel mundial. La liberalización de los movimientos internacionales
del capital, las desregulaciones, las variaciones de las tasas de interés
y las privatizaciones de empresas públicas contribuyeron considerablemente
a esta globalización financiera. Desde comienzos de los años
1980 la desregulación de estos mercados ha conducido a un vasto
sistema internacional en el cual la libertad para los desplazamientos del
capital se ha hecho casi total y las monedas se han convertido en objeto
de especulación. Habiendo desaparecido el sistema de cambios fijos,
los flujos de dinero orientados hacia esta especulación se han inflado
y giran por el mundo de un modo absolutamente desproporcionado con las
necesidades de las economías reales. Según el Banco de Reglamentos
Internacionales, las transacciones en el mercado de cambios alcanzan al
billón de dólares diarios y representan cincuenta veces el
monto del intercambio de bienes y de servicios.
Un segundo plano en el que se desarrolla la globalización
es el de las estrategias de las empresas por ganar nuevos mercados. Antes
se hacía la guerra para lograr nuevos territorios, hoy se hace por
conquistar nuevos mercados. Aun cuando esta conquista pasa a menudo por
procesos de regionalización y de áreas de libre comercio,
la finalidad de las multinacionales es la integración de sus actividades
a escala mundial mediante operaciones entre las cuales la investigación,
el desarrollo, el financiamiento y la búsqueda de nuevos campos
de operación se realizan mediante alianzas estratégicas en
los diversos rincones del mundo.
En la conquista de los nuevos mercados las tecnologías
avanzadas desempeñan un papel fundamental. Quienes pueden monopolizar
las tecnologías de punta no 0 recurrir a conquistas coloniales tradicionales.
Las grandes ganancias se realizan con los productos más avanzados
y solamente al iniciarse una nueva generación de mercancías,
porque después los precios bajan rápidamente. El desarrollo
de nuevas tecnologías de comunicación y de transportes proporciona
a los procesos de producción una movilidad y una flexibilidad nunca
antes vista. Esto, unido al desarrollo de nuevas producciones y de nuevas
formas de producción es un tercer plano en el que el desarrollo
de la globalización es tanto o más importante que el de las
finanzas, puesto que es el factor trascendental que ha posibilitado las
otras formas de mundialización.
Un cuarto plano de desarrollo de la globalización
se manifiesta en los modos de vida y en los modelos de consumo, lo que
influye de un modo decisivo sobre las culturas de los diversos pueblos.
Si bien este aspecto ha avanzado mucho, difundiendo entre las burguesías
y las clases medias de numerosos países estilos de vida y de consumo
de la sociedad norteamericana, este proceso encuentra obstáculos
y resistencias de doble naturaleza.
Por una parte los mercados potenciales para los modelos
de consumo propuestos quedan considerablemente reducidos por el desempleo,
la exclusión y la pobreza a que el sistema de capitalismo dominante
condena a millones de personas tanto en los países en desarrollo
como en los países desarrollados. Entre el 40% y el 50%, si no más,
de la población mundial está formada por las masas rurales
pobres de Asia, Africa y América Latina, por los marginales y subproletarios
urbanos subocupados de las grandes ciudades del Tercer Mundo y por los
desempleados y excluidos de los países desarrollados, todos los
cuales están en gran parte al margen de la globalización
de los estilos de vida y de los modelos de consumo que se tratan de imponer,
o sólo participan marginalmente de ellos a través de los
medios de comunicación de masas, pero sin poder formar parte de
su mercado de consumo o de producción.
Por otra parte han surgido resistencias culturales y
sociales crecientes ligadas al propio proceso de globalización.
El capitalismo mundializado con la autonomía creciente del mercado
en relación con las necesidades e identidades profundas de las sociedades,
la desintegración politica de grandes imperios como el soviético,
la marginación de grandes grupos sociales, la emasculación
de los valores culturales tradicionales y la ruptura de los sistemas de
solidaridad y apoyo precedentes, está haciendo emerger en muchos
lugares del mundo movimientos nacionalistas, identitarios o de integrismo
religioso y de protesta social que se Ie oponen cada vez con mas fuerza
y violencia.
La globalización se manifiesta finalmente en el
plano de un cierto traspaso de poder de los Estados nacionales a las sociedades
multinacionales y de una simbiosis entre los intereses de los grandes Estados
de los países desarrollados y dichas sociedades.
Treinta y siete mil sociedades multinacionales y sus
filiales en el extranjero dominan hoy la economía mundial. De las
200 más poderosas 172 corresponden a cinco grandes países
de capitalismo avanzado: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia
y el Reino Unido. A pesar de la crisis de los años 1980 su expansión
ha continuado. Entre 1982 y 1992 sus ventas aumentaron de 3 mil a 5 mil
novecientos billones de dólares y su participación es el
PNB mundial pasó del 24,2% al 26,8%. Estas grandes multinacionales
no son homogéneas: ni por sus estructuras financieras ni por su
dimensión o por sus estrategias. A pesar de pertenecer teóricamente
a ciudadanos de algunos de los grandes países desarrollados, ningún
gobierno de esos países puede ejercer un control sobre ellas. Si
alguna ley molesta su expansión ellas amenazan desplazarse y pueden
hacerlo rápidamente. Pueden moverse libremente por el planeta para
escoger la mano de obra mas barata, el medio ambiente menos protegido por
leyes o reglamentos, el régimen fiscal mas favorable para ellas
o los subsidios más generosos. No necesitan ya, como las grandes
empresas del pasado, ligarse a una nación o dejar que sentimientos
nacionales solidarios entraben sus proyectos. Están en gran parte
al margen del control individual de sus Estados de origen.
El comercio mundial se opera de un modo creciente entre
las multinacionales y sus filiales. Ya no se trata de un libre comercio
según la ideología dominante, sino del resultado de un proceso
de planificación centralizado a nivel del planeta. Para Paul Enkins,
economista británico, las multinacionales se han convertido en zonas
gigantescas de planificación burocrática en el seno de la
economía de mercado. Esto ha llevado a algunos especialistas a decir
que vivimos una nueva forma de colonialismo dirigido ahora por las firmas
trasnacionales que puede desposeer, empobrecer y marginar a más
gente, destruir más culturas y causar mayores desastres ecológicos
que el colonialismo de antaño impuesto por los sistemas clásicos
de dominación colonial (2).
Este desplazamiento del poder de los Estados nacionales
a las sociedades transnacionales no significa, sin embargo, que los primeros
hayan perdido todo su poder. A pesar de la creciente internacionalización
del capital, la sociedad politica sigue siendo el conglomerado de dominio
más importante del sistema mundial precisamente por su poder político-militar
(3). Y el Estado de los grandes países industriales sigue jugando
un rol fundamental que .facilita la internacionalización del capital
y el poder de las grandes sociedades multinacionales. Se puede hablar de
una simbiosis de intereses de poder, con ciertas contradicciones por ahora
secundarias, entre los intereses de dominación de las grandes potencias
capitalistas y los de las grandes multinacionales. Al mismo tiempo en la
conquista de nuevos mercados, hay una fuerte competencia entre las naciones
de alta tecnología correspondientes a los tres grandes bloques dominantes:
América del Norte, Europa y Japón.
Las contradicciones entre las grandes potencias dominantes
tienen una instancia de resolución que es el Grupo de los 7, en
cuyas cumbres periódicas se reúnen los jefes de gobierno
de Estados Unidos, Canadá, Alemania, Francia, Gran Bretaña,
Italia y Japón. El dominio político y económico de
estos 7 sobre el resto del mundo se ejerce, por un lado, a través
del Consejo de Seguridad de las N.U. en el que tres de sus miembros tienen
poder de veto y, por otro, mediante las instituciones reguladoras de la
economía mundial como son el Fondo Monetario Internacional, el Banco
Mundial y la Organización Internacional del Comercio, en las cuales
ellos tienen también un peso decisivo.
En el desarrollo del proceso de globalización
la búsqueda de la competitividad y el aumento de la productividad
requerida para ello han dejado de ser un medio para conquistar nuevos mercados
y se han convertido en una finalidad. Ellos son hoy día, como muy
bien lo ha señalado Ricardo Petrella, director del Programa FAST
de ciencia y tecnología de la Unión Europea, el "evangelio
de la ideología dominante".
Para los dueños del capital la competitividad
es el principal objetivo que debe ser alcanzado en el corto y en el mediano
plazo, puesto que ella es la base de la rentabilidad del capital. En lo
que respecta a los gobiernos y a los responsables políticos ellos
suponen que la competitividad es lo que permite atraer y retener capitales
a sus respectivos países, renovar las tecnologías y garantizar
en el largo plazo el nivel de empleo de la tuerza de trabajo, la riqueza
del país y el bienestar de la colectividad.
La competitividad se obtiene mediante el uso de las tecnologías
más modernas y éstas tienen hoy una característica
cada vez mas nítida: son fundamentalmente ahorradoras de mano de
obra permanente y sólo requieren una pequeña burocracia altamente
calificada y una cantidad variable, según las condiciones del mercado,
de mano de obra temporal o de pequeñas y medianas empresas subcontratadas.
Esta flexibilidad en el uso de la mano de obra parece ser una condición
fundamental de la competitividad y ello ha conducido a una profunda reorganización
del sistema empresarial, pasando de las grandes empresas de la era fordista
a una organización en grupos autónomos que se relacionan
entre si al nivel internacional en función de los servicios mutuos
requeridos y de las variaciones del mercado.
En los grandes países desarrollados el desempleo
creciente, la precariedad de muchos de los empleos aún existentes
y las diferencias cada vez mayores de ingresos entre, por un lado, los
dueños del capital y la élite que opera el nuevo sistema
económico y, por el otro, el resto de la fuerza de trabajo es hoy
un fenómeno cada vez más evidente.
Como han señalado numerosos observadores de la
realidad social de esos países y recientemente el sociólogo
Jeremy Rifkin en un libro que ha provocado gran revuelo en Estados Unidos
(4), los políticos y los economistas hacen como si el aumento del
desempleo fuera un accidente de transcurso, un simple problema de ajuste
entre la oferta y la demanda, que se reabsorberá a medida que las
economías embarcadas en la era de la información, consuman
más productos derivados de las nuevas tecnologías y se creen
a su vez nuevos mercados. Pero esta visión optimista que se basa
en el postulado que el progreso resolverá el problema del empleo
es en gran parte falsa.
Con la globalización de las economías hemos
entrado en una fase de la historia caracterizada por la declinación
inexorable de los empleos. Desde la depresión de los años
30 jamás el nivel de cesantía en los países desarrollados
habla sido tan elevado y el número de desempleados aumenta todos
los días cuando las nuevas generaciones llegadas al mercado de trabajo
se encuentran con una revolución tecnológica totalmente distinta
de las precedentes. Estas tecnologías nacidas de la revolución
de la información invaden la distribución, los bancos, los
transportes, la agricultura y la administración, después
de haber sumergido a la industria. Numerosos empleos de obreros, secretarios,
recepcionistas, vendedores, cajeros y pequeños cuadros... se ven
condenados a desaparecer. En lo que se refiere a los nuevos empleos que
se crean, ellos son fundamentalmente temporales y a menudo mal pagados.
Los mejores empleos quedan reservados a un puñado de especialistas
privilegiados. El mundo del trabajo se separa cada vez más en dos
grupos: por un lado una élite que controla y administra una economía
cada vez más internacionalizada y de creciente sofisticación
técnica y, por otro, un número cada vez mayor de asalariados
que se encuentran amenazados por la introducción de técnicas
perfeccionadas de información, cuyos empleos corren el riesgo permanente
de ser deslocalizados y que carecen de sentido en un mundo cada vez más
automatizado.
En casi todas partes donde las personas definen su rol
en la sociedad por su relación con el empleo y el tipo de ocupación
que logran y donde la esperanza de una vida mejor pasa por la naturaleza
de su trabajo, las perspectivas que se abren para muchos son traumáticas.
Entre 1975 y 1986 los grandes países europeos
suprimieron entre el tercio y la mitad de sus empleos industriales. En
Estados Unidos la carrera hacia la productividad implica la supresión
de 2 millones de empleos anuales. En los Bancos el 40% de los empleos serán
suprimidos en los próximos cinco años. La cadena de distribución
Sears y Roebuck licenció de una sola vez 50 mil empleados.
¿A que se parecerá la sociedad globalizada
nacida de la carrera desentrenada hacia la productividad del capital y
hacia la banalización de la automatización? A un abismo creciente
entre el puñado de privilegiados y de super-ricos (la oligarquía
del mundo de los negocios y los manipuladores de símbolos: investigadores,
programadores, abogados de las grandes firmas, consultores, banqueros,
especialistas de marketing) y el resto de las fuerzas de trabajo empobrecidas
y amenazadas constantemente por la precariedad de sus empleos. A comienzos
de siglo el financista J. P. Morgan estimaba que un jefe de empresa no
debía ganar más que veinte veces el salario medio de su empresa.
En 1992, si se consideran las 292 mayores empresas norteamericanas, la
distancia era de 1 a 143. Hoy día es de 1 a 185.
Este distanciamiento social es en el próximo futuro,
la mayor amenaza al mundo globalizado que lo hace correr el riesgo de hacerse
ingobernable por un movimiento creciente de rebelión social y de
violencia como ya se está observando en muchos de los países
desarrollados. Prueba de que comienzan a tener conciencia de ello, aunque
aún no saben cómo resolver el problema, fue una reunión
de Grupo de los 7 que tuvo lugar en la ciudad de Lille en Francia destinada
a examinar la forma de generar fuentes de trabajo para 22 millones de desempleados,
en la que no lograron ponerse de acuerdo y continuaron apoyando dos estrategias
discrepantes. Los norteamericanos y británicos propugnaron remedios
que descansan en el mercado y se basan en una mayor flexibilidad laboral,
salarios más bajos y menos beneficios sociales. Los franceses y
los alemanes encabezaron un bloque de naciones que preferían más
intervencionismo estatal para mantener los niveles salariales y el sistema
de protección social. Pero no cabe duda que la continuación
de la carrera a la productividad continuará agravando el problema
social en los países ricos y tarde o temprano obligará a
una revisión substancial de las actuales tendencias a la globalización.
¿Y en lo que se refiere a los países en
desarrollo que se puede decir?. El caso mas dramático es hoy día
el de Africa al sur del Sáhara donde los recursos de la población
están en muy rápida declinación. Numerosos países
experimentan una crisis aguda de subsistencia que engloba diversas formas
de penurias y de hambre, así como dificultades de aprovisionamiento.
La intensidad de estos fenómenos varía según las regiones,
pero en casi todas partes estos recursos han sufrido una dramática
disminución, al mismo tiempo que se hacen más pesadas las
cargas que recaen sobre los habitantes: impuestos y pagos diversos, endeudamiento,
prestamos a interés y en varias partes se agrega a ello el flagelo
de la guerra.
Esta crisis de subsistencia tiene causas múltiples.
En el plano internacional las nuevas tecnologías de comunicación
y de pago han comprimido el tiempo de las finanzas reduciéndolo
a un tiempo puramente informático. Nos dice Achille Mbembe (5),
historiador africano: la distancia entre el tiempo informático de
las operaciones financieras a escala global y el tiempo histórico
de los ajustes económicos reales ha ido aumentando. Considerando
la inercia estructural de las economías africanas, la prima acordada
a las actividades especulativas (uno de los rasgos de la globalización)
ha ido en detrimento de las actividades productivas.
Por otra parte, como consecuencia de las políticas
de desregulación impuestas por los organismos financieros internacionales,
la red de instituciones que hasta fecha reciente controlaban y administraban
los intercambios económicos en el largo plazo y aseguraban la distribución
de los bienes, se ha desplomado. A su vez los sistemas de relaciones sociales
y de paternalismo que los individuos mantenían con los parientes
y vecinos no permiten ya, por sí solos, sostener la red de protección
necesaria para temperar las hambrunas. Finalmente la introducción
en numerosas sociedades africanas de los circuitos de la economía
subterránea internacional ha conducido, no sólo a la proliferación
de las operaciones de tráfico, sino también a la intensificación
de las luchas sociales. Por el momento salen victoriosos de estas luchas
los dominadores de los poderes locales y los que disponen de la fuerza
de las armas. Disponen así, más que otros, de los medios
materiales para dominar a la población y para asegurar su control
sobre la importación y la reventa de productos, así como
sobre los circuitos de especulación y de ganancia. La actividad
económica se asemeja cada vez más a una actividad de guerra.
Y en muchos países la erosión continuada de las condiciones
de vida se conjuga con la guerra, la enfermedad y las epidemias. La vía
neo-liberal de superación de la crisis económica no ha permitido
retomar el crecimiento. Al contrario, a la crisis económica ya profunda
se ha agregado una crisis social de amplitud inédita. En el curso
de los últimos 15 años el mercado de trabajo se ha estratificado
considerablemente. El trabajo asalariado regular y protegido no ha desaparecido
completamente, pero la proporción de individuos que dependen de
él no ha cesado de disminuir, hasta el punto de que se puede hablar
de casi una desaparición del trabajo asalariado en este fin de siglo.
En cambio el trabajo irregular esta en vías de generalización.
Para sectores crecientes de la población la remuneración
mensual ha sido reemplazada por pagos ocasionales. Desempleo declarado
o subempleo, exclusión a largo plazo y no sólo ocasional
del mercado de trabajo, afectan una proporción cada vez más
alta de los individuos y de sus familiares.
En una situación intermedia entre la crisis del
desempleo de los países desarrollados y la profunda crisis social
y económica del Africa subsahariana se encuentran los países
latinoamericanos. Si bien en varios países de la región se
observa, a comienzos de la década de los noventa, tasas de desempleo
abierto reducidas, el desempleo sigue siendo un factor decisivo en la pobreza.
En los hogares pobres dichas tasas duplican con creces y hasta triplican
las que prevalecen en los hogares no pobres. Pero lo que es más
grave es que, contrariamente a lo que ocurría en el pasado y a las
expectativas de progreso de la población, actualmente las mayores
tasas de desempleo se registran entre quienes han completado de seis a
doce anos de educación y no entre la población menos educada.
Alrededor del 70% o más de los desempleados urbanos a comienzos
de los años noventa habían alcanzado entre 6 y 12 años
de educación. Los jóvenes siguen siendo los más afectados
por el desempleo. Alrededor del año 1992 las tasas de desocupación
en la población de ambos sexos de 15 a 24 anos de edad duplicaban
las tasas globales y las correspondientes a la población mayor de
24 anos.
Se puede afirmar que la importante expansión de
la educación post-primaria durante las décadas pasadas, con
la masiva incorporación a la búsqueda de empleo de jóvenes
con educación media completa o incompleta, es uno de los factores
que explica este hecho. Y esta es una situación que se puede hacer
cada vez más explosiva, pues la búsqueda de la productividad
competitiva a nivel mundial en las diversas actividades económicas,
si bien requiere de una cierta capa de trabajo altamente calificado para
el buen funcionamiento del sistema, no necesita para el resto de la economía
si no de un gran número de empleos precarios para los que no se
requiere gran calificación. El viejo remedio de más educación
para mejores empleos y mayores salarios ya no funciona para la mayoría,
sino sólo para una minoría altamente calificada y funcional
al sistema.
La existencia, por su parte, de una gran fuerza de trabajo
con empleos precarios cumple la función de presionar hacia abajo
los salarios de los que tienen empleos en actividades productivas corrientes
y en servicios sin grandes exigencias de calificación.
Esta situación del empleo trae consigo una distribución
muy desigual del ingreso a pesar de la recuperación de las tasas
de crecimiento de comienzos de los anos noventa. Independientemente de
algunas variaciones según los países, se observa globalmente
en América Latina hoy día un estrato de bajos ingresos que
comprende mas del 40% de los hogares que vive una situación de pobreza
y de precariedad, un estrato de ingreso medio bajo, integrado por el siguiente
30% de los hogares que supera la linea de pobreza, pero que percibe ingresos
inferiores a la media, un estrato medioalto que comprende el 20% de los
hogares que sigue al grupo anterior, con ingresos mayores que el promedio,
y un estrato alto que comprenda el 10% de los hogares con mayores ingresos.
Y esto no cambia, inclusive cuando por períodos
significativos se producen tasas de crecimiento elevadas, como es el caso
de Chile, donde entre 1985 y 1994 la economía creció a una
tasa promedio anual de 6,8%. Si tomamos en la actualidad la distribución
del ingreso de las 1.224.000 familias de la región metropolitana,
nos encontramos con un 4% que tiene un nivel de ingreso extremadamente
alto para la riqueza media del país, un 8% un nivel de ingreso alto,
un 21% un nivel de ingreso medio, un 22% un nivel de ingreso medio bajo
y un 45% vive en la pobreza o en la extrema pobreza (6).
¿A que conclusión llegar? Que la aceptación
ciega y pasiva de la lógica de la globalización esta conduciendo
cada vez más a contradicciones sociales a nivel internacional y
nacional que se harán cada vez más inaceptables para un gran
número de personas, tanto en los países desarrollados como
en los países en desarrollo. Y esto provocara resistencias y violencia
crecientes, así como fenómenos de no gobernabilidad.
La competencia sin límites implica consecuencias
negativas en diversos planos.
Por una parte, una acentuación de las desigualdades
socio-económicas, tanto en el seno de los países como entre
los países y el fenómeno de la marginación social
que se observa en numerosas regiones del globo.
La explotación no sustentable de sistemas esenciales
de vida en diversas partes del mundo y los daños irreversibles que
se producen, como la desertificación progresiva de las tierras,
la erosión de los suelos, la extinción de especies animales
y vegetales, la polución de los mares y de las corrientes de agua,
etc.
La concentración del poder en manos de entidades
económicas que no tienen responsabilidades frente a las sociedades
en las que actuan. Esto atenta contra todos los principios elementales
de la democracia y de las políticas participativas que tanto se
señalan hoy día como objetivos fundamentales de nuestras
sociedades.
Ella reduce finalmente la complejidad de la condición
y del desarrollo humano y social a las percepciones, motivaciones y comportamiento
del ''hombre económico" y del "hombre competitivo".
Esto es un reduccionismo absolutamente empobrecedor de
la riqueza, de la complejidad y de la identidad de las distintas sociedades.
El mercado en el proceso de globalización pretende substituir a
las naciones y a las sociedades. Y esto es muy grave para el porvenir de
la humanidad.
[Publicado en papel en la revista «Reflexión
y Liberación» 30(agosto 1996)31-40, Santiago de Chile]
Notas:
1.- Groupe de Lisbonne, Limites a la Competitivité:
Pour un Nouveau Contrat Mondial, La Découverte, Paris, 1995.
2.- Edward Goldsmith, Une seconde jeunesse pour les comptoirs
coloniaux, Le Monde Diplomatique, Abril 1996.
3.- Heinz Dieterich, La Sociedad Global, escrito en colaboración
con Noam Chomsky, Ediciones Joaquín Mortiz, México 1995.
4.- Jeremy Rifkin, The End of Work: The Decline of the
Global Labor Force and the Dawn of the Post-Market Era, Putnam's Sons,
New York, 1995.
5.- Achille Mbembe, Une Economie de Prédation,
Boletin "Foi et Développement", Centro Lebret, Paris 241(marzo-abril)1996.
6.- Ver clasificación hecha por CORPA: Estudios
de mercado, descripción de grupos socioeconómicos, Santiago
1995-1996.